martes, 22 de enero de 2013


Julio de 2012

Siempre supe que Dios existía. Cada tanto oraba para pedir cosas que me satisfagan. Muchas veces se cumplían las peticiones (esto lo veo ahora, a la distancia), pero jamás elaboré una oración de agradecimiento. Por supuesto que me cansé de decir “¡Gracias Dios!” porque mi madre me dio permiso para salir, porque conseguí un trabajo, porque el colectivo vino rápido. Y así por diferentes hechos triviales.
Nunca había entendido lo que era Dios en verdad. Ni siquiera tenía claro que era quien y no que. En varias oportunidades había escuchado la frase: “Murió por nuestros pecados”, y tomaba esas palabras para mi vida e incluso las repetía por ahí, sin saber realmente la magnitud de lo que eso significaba para cada habitante de la Tierra, o lo que debería significarle a cada uno de ellos. Por otra parte, desconocía de la existencia de una salvación.

En fin, creía que había un Dios porque mi madre lo amaba, vivía estudiando la Biblia y me invitaba a la iglesia cada vez que podía. También creía que había que llevar una buena vida para no ir al infierno. Porque les aseguro que en alguna que otra ocasión dudé de la existencia del Todopoderoso, pero vivía atemorizada por algo oscuro. Más allá de eso, me sentía muy atraída por lo que me vendía el mundo, y compré un poco de cada cosa, y hacía lo que me causaba placer. Y si lastimaba a alguien al satisfacer mis placeres, pedía perdón. ¿Qué más daba? Sin embargo, volvía a hacer lo mismo una y otra vez, durante años. Era tan fugaz lo que sucedía en esa antigua vida que de muchas situaciones ya no tengo memoria.

Llegado un momento, no hace mucho tiempo atrás, comencé a observar esa vida. Mi vida. Que ahora sé que no es mía. Su dueño comenzó a meterse en mi corazón y me mostró cientos de veces que no estaba viviendo bien. Me lo mostró a través de mi madre, de mis amigos, de mi familia, de mis vecinos, de desconocidos ¡Cuántas veces! Hace poco pude ver y comencé a ablandarme.

Fue entonces cuando llegué a la iglesia local donde por primera vez entendí qué era ser salvo; hice mi oración de fe y esa tarde me convencí a mí misma de que todo iba a ser diferente, que por fin iba a ser feliz, porque creía lo que el Señor había hecho por mí.

Pero con eso no bastó…Me dediqué a orar, a esperar y a contarle a mis seres queridos que me estaba congregando, y, desde luego, prometí dejar de cometer actos pecaminosos. Lo que yo creía que era pecaminoso.

Hoy sé que no tengo que sentarme a esperar, que no sólo tengo que orar, que tengo una vida nueva y debo demostrárselo a los demás. Para eso tengo que salir de mi comodidad y empezar a pensar que seguramente me van a esperar tribulaciones, porque Dios no es el genio de la lámpara, que nos concede increíbles deseos y nos asegura vivir sin sufrimientos. No. Lo más inexplicable, es que a pesar de ello, me gozo porque también sé que lo que Él permita, va a ser perfecto. Porque la Palabra dice que su voluntad es “agradable y perfecta”.

Es así que hoy siento la paz de saber que Él tiene el control. Pase lo que pase, sea malo o bueno, lo va a permitir para algo. Hoy me regocijo en su Palabra. Por fin me siento segura tras años de haberle dado la espalda. ¡Cuántas oportunidades que me dio!

Obediencia. Es palabra que me saluda cada mañana. Para mí, lo es todo, porque dentro de esa obediencia (que por nuestra condición de seres totalmente imperfectos, no creo que podamos tenerla al pie de la letra)  está implicada la confianza hacia al Padre, el poder descansar en Él, sabiendo que si me encargo de sus cosas, Él se va a encargar de las mías. Eso no significa que tengo que quedarme quieta, al contrario, tengo que moverme. Y eso de moverse…

Hasta el momento, pensé que tenía más o menos claro el tema del cristianismo, pero la realidad me mostró que no conocía nada, que no veía la dimensión de la obra y de los mandamientos del Señor. ¡No sabía de la importancia de las misiones! Del sacrificio que están haciendo miles de personas sirviendo a nuestro Padre Celestial en diferentes ciudades del mundo. No sólo era creer, bautizarse y hablar de Cristo a los que querían escuchar. La tarea que nos compete es mucho más amplia y formidable. “…pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1: 8).

HASTA LO ÚLTIMO DE LA TIERRA.  Resuena como un eco en mi cabeza. "Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura" (Marcos 16:15). ID POR TODO EL MUNDO. Resuena como un eco en mi cabeza. No puedo describir lo que me despiertan estas palabras. Siento que una llama se encendió.

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