Desde el momento en que Cristo comienza a vivir en nosotros,
desaparecen las fronteras. Dios amó al MUNDO y envió a Su Hijo unigénito, para
que TODO aquel que en él crea, no se pierda (Juan 3:16). Estemos donde estemos,
glorifiquemos al Señor, gocémonos en Él, y donde nos envíe, nos va a dar una
familia. Es por eso que también desaparecen los apellidos. ¡Qué importa un
nombre cuando somos hijos de un mismo Padre!
El cristianismo se trata de eso, de despojarnos de las cosas
que nos atan a este mundo, porque es la única forma en que vamos a poder servir
a Aquel que nos dio la vida. Nada debe ser impedimento para cumplir con los
mandatos de nuestro Señor. Él nos prometió vida eterna; nuestra estadía en la
tierra es corta, no la desperdiciemos en nuestro yo.
Lo que nos ofrece el mundo empieza a perder sentido, deja de
satisfacernos. No nos interesa otra cosa que conocer más a Aquel quien nos va a
recibir en el cielo. Queremos saber cómo hacer para no llegar a Su presencia
con las manos vacías. Es tan grande el agradecimiento, que anhelamos darle lo
mejor de nosotros, lo cual, ciertamente, son los mismos dones que Él nos
regaló.
Todo viene de Él. Entonces, si vamos a estar en la Gloria, ¿por
qué deberíamos atarnos a la moda, a la política, a la filosofía de este mundo?
Si nada de eso nos interesa es porque, sin lugar a dudas, nuestra vida es el
evangelio de Jesucristo.
“Porque todas las cosas las sujetó debajo de sus pies. Y
cuando dice que todas las cosas han sido sujetadas a él, claramente se exceptúa
aquel que sujetó a él todas las cosas” (1 Corintios 15:27).
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